No soy alguien de nombre, sino una simple mujer argentina que mientras escribe estas palabras se toma unos mates y se fuma un cigarro. No hay nadie de nombre que pueda respaldarme, salvo una marea gigante de personas anónimas que podrían reconocer en mi relato parte de una verdad -no toda, porque nadie la tiene- silenciada en los medios. En este relato, como en ninguno de los que escribo, no espero que haya consenso si no también disenso, que es la esencia de la libertad. Especialmente cuando se ventilan asuntos incómodos para la mayoría excluida.
No soy macrista. No soy kircherista. No soy peronista. Soy anarquista.
Desde esta posición de observadora de la realidad escribo,
que es el lugar del que nunca voy a moverme, porque a mi edad la gente ya ha
tomado una postura ética (a menos que se venda por intereses, algo que ocurre
mucho tanto en Argentina como en cualquier otro país). Pero yo no tengo motivos
para venderme ya que como he dicho antes no hay nadie de nombre que me
respalde, salvo aquellos que no tienen voz, que son silenciados por los medios,
por los poderes vigentes e incluso por su propio grupo de pertenencia. Cuando
alguien calla, generalmente es por un motivo, y no porque no ocurran cosas que
le molesten. Además, heredamos por tradición una sentencia antigua que aún hoy
se repite: “Tené cuidado”.
Tené cuidado rubrica la
existencia de un estado de las cosas, que se respira al primer soplo de aire
del que vive en el país. El tené cuidado es parte de una idiosincrasia que
valida la condición represiva de nuestra patria colonizada. El tené cuidado se
usa siempre para protegerse del otro, que se vive como amenaza, y al que por pensar
diferente se puede humillar, infantilizar y despreciar, esgrimiendo su falta de
inteligencia como etiqueta determinadora. El de la falta de inteligencia no es
un argumento válido si no ofensivo y profundamente subjetivo, porque todas las
ideas son legítimas, y la libertad consiste en que sean expresadas sin censura.
Pero esto es algo que nos cuesta mucho a los argentinos. Nos cuesta, aunque en
lo superficial nos defendamos diciendo que por supuesto tenés derecho a pensar
como quieras, y tras la afirmación -a todas luces falsa- se proceda a marginar
a la persona molesta. Esto reproduce pensamiento de consenso, el cual es
aplaudido por el grupo, que automáticamente hace ingresar a sus filas del
relato oficial (sea de izquierda o derecha, eso no cuenta porque ya sabemos que
las dos están monitoreadas por el capital) a la persona-consenso dentro de un
semi paraíso de consensos que aplauden y protegen. Ya estás en el partido,
aunque no lo confieses. Ya podés escuchar a los disidentes, aunque en tu fuero
íntimo disientas con él sin decírselo, porque pobrecito, tiene un problema. Y
así se va reproduciendo silencio, y por ende, hipocresía social.
Como ya he aclarado soy
una observadora, no socióloga. Pero mi manera de ver el mundo, y mi país, tiene
tanta validez como cualquier otra. Y me defino como disidente. Disidente de
cualquier partido, sobre todo hoy. Hace mucho tiempo que dejé de creer en ese
bastión al que llaman democracia, porque he visto cómo funciona y también su
disfuncionalidad. La vivo a diario desde los fondos de un barrio popular que
espera. Desde el extrarradio, al que llamo el conurbano marplatense, un barrio
donde hay un alto porcentaje de calles sin asfaltar, sin luminarias y
abandonado a la mano de Dios (para quien crea en él) y del estado general de
las cosas. Un barrio abandonado gobierno tras gobierno, que no tiene plaza, que
carece de semáforos para cruzar la avenida, que suma en su interior grandes
bolsones de pobreza totalmente invisibilizados por el resto de la ciudad. Antes
de llegar al barrio, yo no sabía que existía. La gente del centro intuye que
algo habrá pasando la avenida X, aunque lo perciban difuso. Por lo tanto, y debido al abandono
acumulativo por décadas, la gente del barrio se ha vuelto muy territorial. Esto
es comprensible, porque si nadie te ve, hay que unirse para que nosotros mismos
nos veamos. Nuestro barrio tiene sociedad de fomento, pero su función es nula.
Durante la pandemia, la
gente se ha visto obligada a acudir a los servicios sociales y al auxilio de
redes barriales para sobrevivir al desastre económico que está ocasionando el
confinamiento. Es un tema complejo, porque si bien en Europa la idea era reducir
ancianos, acá la situación hace sospechar la probabilidad de que quizá se
pretenda reducir pobres.
Lo que sucede en mi barrio
en pequeña escala, se hace extensivo a lo que ocurre en los sectores más
vulnerables del AMBA (la Buenos Aires aislada por el virus) y en muchas
provincias de las que apenas se tienen noticias, porque la prensa en Argentina
es regional y se manifiesta sesgada (y obviamente manipulada, esto es mundial,
como ya sabemos). Ya la provincia del Chaco viene denunciando falta de insumos
para tratar el virus. Por supuesto, lo que llamamos “clase media” apenas lo
percibe, o lo percibe como una realidad casi tan ajena como la que podría
ocurrir en otro país.
Desde luego no estoy
hablando de la gente comprometida y solidaria, si no del simple ciudadano de
clase media y derechoso, que se enorgullece al ventilar el prejuicio nacional
más tristemente falto de empatía: Yo laburé para ganarme lo que tengo, que
agarren la pala y vayan a laburar. Este sector de la sociedad puede
enorgullecerse de ciertos logros materiales, producto de legítimos años de
esfuerzo -en algunas ocasiones- y en otras, de la explotación sistemática de los
sectores populares (gente de la economía sumergida, economía informal,
empleadas domésticas, buscavidas y oficios varios). Dos siglos de marginación e
invisibilización de los sectores sociales que no lograron ingresar a lo que
llamamos “civilización” -la Argentina como constructo, la octava nación más
grande del mundo, cuna de intelectuales y gente lúcida de piel blanca y de
ascendencia europea, la descendiente criolla del pirata original- no tienen la
piel blanca si no mestiza. Jamás se les dio una oportunidad a propósito de su
piel y su evidente genoma originario. A muchos, el país blanco los domesticó
hasta el punto de negar su origen (mi abuela tenía sangre tehuelche, pero no
permitía a sus hijas siquiera mencionarlo, y mi madre, pobrecita, no me dejaba
hablar de ello en voz alta, algo contra lo que siempre me revolví con
rebeldía). Es muy pero muy difícil crecer en una familia donde se niega el
linaje.
Por supuesto, esto a
grandes rasgos ya que muchas son las familias de origen mestizo que han progresado de la formas más diversas. Pero
hay un amplio sector que no, y esgrimir razones de vagancia no es sólo injusto
si no reduccionista, y de una ignorancia que nunca dejará de producirme
tristeza e impotencia.
A esta clase quiero
referirme hoy después de tanto introito, y es a propósito del virus. Y aunque
el post podría hacerse extensivo a clases más pudientes, hay una idea que anda
circulando y que visibiliza lo que se ha naturalizado por generaciones: es
normal que en condiciones desfavorables, como un virus, catástrofe, guerra o
desastre natural, los primeros que vayan a morir sean los pobres. Ésta es la
pobreza real, la de los grandes bolsones, la que vemos en la tele, la que
miramos de soslayo, con miedo e incluso con vergüenza, porque nos hemos
asegurado de que ni siquiera nos roce, aquella a la que siempre hemos saludado
con el codo, mucho antes de que el virus nos alcanzara a todos. La pobreza que
no puede acceder a una prepaga, y por ende a medicamentos, la que acude a la
Defensoría del pueblo a denunciar abusos que nunca o muy pocas veces llegan a escucharse,
gobierne quien gobierne, la que acaban discapacitando “por cuestiones
sociales”, porque sabemos que por H o por B no reúne las características para
ingresar a la rueda de producción. La pobreza silenciada, anómica, informe,
masificada, desnaturalizada, innombrada e incluso sin DNI, de las villas, los
manicomios, las cárceles y los que deambulan por calles desiertas en pleno
invierno, desabrigados y con viento en contra. Esa pobreza no tiene quién la
represente, y cuando tenga que optar -porque elegir no puede-hará lo que tenga
que hacer. Ésta es la pobreza del otro país, la que en el extranjero no se
conoce, porque Argentina, cuna civilizatoria de América Latina, la del mito, no
tiene pobres. Y claro que no es verdad, pero muchos prefieren creer que sí, y
al empeñarse tan fuertemente en creerlo, anulan una verdad contundente: tenemos
que convivirla y está en nuestro país, es parte de nuestro país.
Y ellos son los primeros
que van a morir. Somos los que vamos a morir, por supuesto. Como todos, pero
antes. Ojo, no quiero que se me confunda: por supuesto que el primero en riesgo
es el personal sanitario, pero ellos, al menos, se visibilizan. El mundo entero
los ha convertido en héroes de la transitoriedad. Sin embargo, vemos que todas
las demás enfermedades han quedado reducidas a nada para concederle importancia
suprema al virus estrella. Somos cada vez más los que denunciamos, a bocajarro,
que se está utilizando el virus como arma biológica -da igual su origen- para
terminar con los más débiles. Y los más débiles son los ancianos, los pobres y
los discapacitados. Los que producen están a salvo, esto es obvio, porque el
sistema necesita reproducir capital. Pero los otros, los invisibles, pueden
morir silenciosamente en casa, porque ya es un secreto a voces que en Argentina
no hay insumos en los hospitales -hasta hace poco el Hospital Interzonal de la
ciudad pedía donaciones para comprar alcohol en gel-, ni suficiente cantidad de
respiradores, ni nada que se parezca un poco a los insumos que los países
desarrollados acabaron por agotar en poco tiempo, debido a los miles de
muertos. Aquí, con algo más de 3000 muertos, el sistema sanitario está
colapsado (dicen). Pero lo creo, porque ya lo estaba antes de que el virus
llegara. Colapsó porque el sistema de salud pública, ya de por sí débil, fue
vaciado deliberadamente antes de la actual administración. De acuerdo, hacen lo
que pueden (parece), el tema es que lo que pueden no alcanza. Debido a esto, se
nos confina durante más de cuatro meses, con las consecuencias que cualquier
persona aguda -esto es, con perspectiva más o menos crítica- llega a percibir:
que lo que está llegando, junto con el virus, va a ser mucho peor que el virus.
La miseria ya está en la puerta, esperando. Todavía no ha estallado, si no que
se mantiene aguardando en silencio, en la soledad pavorosa de los que callan
bajo el “tapabocas”. La definición misma del complemento para la prevención del
virus ya es de una violencia simbólica abrumadora: Tapabocas. Tapate la boca y callate.
Los que NO estamos
dispuestos a aplaudir todas las decisiones que se toman no es por contreras,
es por desesperación e impotencia. Los habrá trolls, también, pero de esos no
voy a ocuparme en este post. Acá no sólo van a sufrir, como es perfectamente
esperable, los familiares de las víctimas. La masa silenciada será la que
aparezca, cual fantasma que de pronto se haga cuerpo social, cuando todo esto
termine (si es que termina). Y no lo hará por haber padecido el virus, si no
por estar padeciendo YA enfermedades y miserias de todo tipo, especialmente las
psicológicas, y por supuesto las otras que no están siendo tratadas por causa
del virus. Más abajo subí la denuncia de una chica que narra lo que le está
sucediendo a su sobrino con cáncer, y nadie lo compartió ni le puso un me
gusta. Porque las quejas legítimas, hoy, son políticamente incorrectas, y cuando
no se las archiva a un cajón, se las identifica automáticamente con una
ideología política. Así que mejor callarse, ignorar, hacer de cuenta que no
pasa, porque el miedo aprieta. El miedo a ser denostados por nuestros
semejantes, por nuestras familias, por los amigos y colegas, por el partido,
por lo que sea. Es evidente que el miedo es unidireccional. Se vuelve hacia sí
mismo como una tortuga que se esconde en su caparazón. El miedo, cuando se
vuelve paranoia, inhibe todo razonamiento y reflexión crítica. El miedo a la
muerte es el más antiguo, y si el origen de tal surge de un virus, se vuelve
acusatorio.
Al margen de los afectados por el virus, no
debe ser casual que los más atemorizados sean personas que gozan de ciertos privilegios
(esto, lo sé, puede ser muy discutible, pero consideren que hablo desde mi
experiencia en contacto con la clase menos favorecida). Algunos sugieren
actividades distractivas de todo tipo: el caso es cuando hay hambre, difícil
que alguien tenga ganas de distraerse. Difícil distraerse cuando los pibes
piden comida. O cuando el pibe-estómago aprieta. Muy difícil, diría que
imposible. Difícil para las personas que en estos momentos están poniendo denuncias
en la Defensoría porque nadie las atiende, porque nadie las escucha, porque
están desesperadas, porque se sienten impotentes, porque alguien que las oyó
toser en un hospital dedujo que seguramente tiene covid 19 y debe ser aislado
(sólo por toser), porque si acude a un hospital con síntomas ajenos al covid 19
puede no salir del hospital, porque hay madres que están siendo separadas de
sus niños por sospecha de covid. Ojo, he dicho sospecha, ya se sabe que mucha
gente no está accediendo al hisopado porque también se está haciendo negocio
con esto y no todo el mundo puede pagarse uno. La pobreza naturalizada recibe
como respuesta robot, producto del adiestramiento, que no habrá hisopado para
ellos. Ya está sucediendo, aunque no se diga. Porque estas cosas no se dicen,
sólo se difunden a hurtadillas y en voz baja.
Pues yo lo digo en voz alta.
Así que quedate en casa. Quedate en casa sí,
y ni se te ocurra ir a un hospital. Y si estás enfermo tampoco vayas, porque te
dirán -por ejemplo-, que las resonancias magnéticas están suspendidas debido al
covid, y cuando les preguntes si esto se debe a que no tenés obra social, el
médico no te responderá, se refugiará detrás de su barbijo -tapabocas- y su
pantalla, y e dirá fríamente que será
llamada en breve para hacerte una radiografía que nunca llegará. Porque no
tenés covid, y no es importante. Si no es una urgencia, no es importante. El protocolo
médico de la prevención de enfermedades y los controles de salud anuales, que
antes se hacían, están suspendidos por causa del covid. La vida está suspendida
más allá del covid. La tarjeta alimentaria está suspendida debido al covid. Y
los pobres, en su sabiduría infinita producto de la experiencia en lo más
oscuro del túnel social, saben que ante una realidad tan atípica como ésta, nadie
o muy pocos (por muy pocos entiéndase ciertas organizaciones barriales) se
harán cargo en caso de que sufran. Por eso el silencio y el escepticismo. Por
eso la tristeza, las depresiones que no se mencionan, y los posibles casos de
suicidio que se están silenciando (aunque el suicidio siempre se silencia, no
olvidemos que la causa del mismo suele tener un origen coyuntural y la culpa
social barre al suicida bajo la alfombra, incluso por generaciones dentro de la
familia, haciéndose extensivo a la comunidad). Lo que se nos viene, y está
silenciado, va a ser enorme. Los que no estén preparados que lo vayan haciendo
porque esta vez sí que no van a alcanzar los coditos: salpicará a todo el
mundo, ya lo está haciendo por mucho que pretendan mirar de soslayo.
Pero hay un sector del que no he hablado aún,
y es aquel que funciona dentro del marco legal de la institución. Son los
funcionarios del sistema, los profesionales de todas las áreas. No hablo sólo
de los médicos, si no de todas las profesiones que por su naturaleza encajan
dentro del sistema, y trabajan para éste. Algunos estatales sufren los estragos
del desastre, es verdad. Sin embargo, muchos están atrapados ideológicamente,
cuando no en el conflicto personal y humano de cómo tratar los casos que les
llegan, o las dos cosas a la vez. No existe en Argentina un movimiento de
médicos por la verdad -muy criticado, por cierto- ya que en su mayoría adhieren
al relato oficial. Tenemos una médica cuestionadora que lamentablemente
adscribe a la derecha más rancia, con lo cual no cuenta con demasiado quorum.
Hay que saltarse el corral de la ideología bipartidaria para interpelarse, y
esto no es fácil en Argentina. Aún no (y tal como está el patio lo encuentro
difícil de aquí a un buen tiempo). Hemos caído en la trampa de creer que todo
aquel que no desea usar el barbijo al aire libre es un tonto de derecha y aquel
que sí un ciudadano ejemplar de izquierda. Por primera vez en la historia,
pareciera que la derecha y la izquierda convivieran armoniosamente, y se disolvieran
en la negación misma de las subjetividades, dejando muy en evidencia la
corrupción de ambas. La negativa de Trump a las vacunas y al barbijo no ayuda
mucho a que se respeten las subjetividades y el libre pensamiento. Si un
fascista dice que usar barbijo es malo, entonces todos los que cuestionan su
uso al aire libre -hay gente que incluso maneja el coche con el barbijo puesto-
son fascistas. O ignorantes. O malos ciudadanos. O conspiracionistas. Quedan,
por tanto, atrapados en la telaraña de la persona contagiante.
Pero también han surgido médicos y
epidemiólogos que cuestionan tanto el uso del barbijo al aire libre como otros
asuntos relativos al covid. Todos son silenciados -lo cual a muchos nos resulta
más que sospechoso, ya que la censura nunca trae cosas buenas- y si aparecen en
prensa automáticamente se los tacha de charlatanes, y se los reduce, por
supuesto, al prejuicio de la derecha extrema. La humanidad lee el mundo según
un virus custodiado por la izquierda planetaria; sin embargo, el virus no
discrimina y se lleva a cualquiera. Si es que todos los que mueren tenían
covid, que tampoco lo sabemos, pero guay si te atrevés a preguntártelo, porque
te tacharán de conspiracionista, de loca o de ciudadana irresponsable. Las dudas
se susurran entre amigos, manteniendo las debidas distancias, y confío en que
algún día, no tan lejano (espero) pueda saberse la verdad. Mientras tanto la
gente silenciada, los anónimos de la desesperación y la basura en las cunetas,
siguen esperando. Y cuando no dan más, se vuelven escépticos o se paran frente
a una ventanilla donde no saben qué hacer con ellos, o publican una denuncia
como la de la tía de Rami, o directamente se resignan. Porque ese otro país que
tan a menudo no se ve, existe, y surgirá como un gigante roto cuando se rompan
las amarras.
La otra mañana fui a la
farmacia a comprar un termómetro. Hacía mucho frío. Una mujer pobre limpiaba
las tres puertas acristaladas, prácticamente sin abrigo, creo que llevaba un
pullover y un saquito. La cabeza cubierta con un pañuelo, como las personas que
reciben quimio y cubren su calvicie así. Grandes ojeras y una tristeza de pozo
ciego en su mirada, que es todo lo que pude verle a través del barbijo. “¿No
tenés frío?”, le pregunté. Y ella, sonriendo, me dijo que sí. Me explicó que no
se abrigaba porque la campera le impide extender los brazos y limpiar con
comodidad. Pensé en la gripe de toda la vida, en la neumonía, y por supuesto,
como no podía ser de otra manera, en el covid. “Me ahogo con esto puesto”,
llegó a susurrar con cierta rabia, bajándose un poco el barbijo. Estábamos a
más de dos metros de distancia, y se me ocurrió decirle que al aire no necesita
llevarlo. Me miró asombradísima. Me congelé un buen rato afuera, esperando a
que saliera el cliente que estaban atendiendo. Cuando por fin logré entrar pedí
un termómetro, y la farmacéutica, mampara acristalada de por medio y barbijo,
me comentó que los termómetros con mercurio ya no existen, que están prohibidos
(¿será verdad que las vacunas salvadoras contienen mercurio?) así que tuve que
comprarme uno electrónico: 500$. Lo sacó del estuche para probarlo, e incluso
insistió para que me tomara la temperatura delante de ella. Por supuesto, no
accedí. Y si no lo hice fue porque me resultó extraño que estuviera tan
interesada en saber mi temperatura. Bueno, en realidad no tanto: ella
representa, por su profesión, el que hoy es, posiblemente, el negocio más
rentable del mundo. Los pobres también lo son, recordemos que en 2010 las
vacunas que costaban 50 U$A pasaron a costar 0,40 centavos para África.
Y aquí, con un montón de
interrogantes en puerta doy por finalizado este post. Me hago cargo de todo lo
que escribo, es mi opinión y como tal la expreso. Porque todavía creo en la
libertad de pensamiento y también en la objeción de conciencia. Reconozco que
me quedo corta, muy corta. Hablo desde el fondo, y no desde el lugar que ocupan
los que contemplan desde la boca del pozo, intentando tantas veces adaptarnos y
gestionando individualismo tal como lo desea el capital (“no molestes, la
responsabilidad debe ser tuya que estás fallando en algo para estar como
estás”), tan convencidos ellos de que así seremos más felices, y y sin tener la
más pálida idea de lo que sí nos haría felices: la valoración de nuestra
subjetividad, sin presupuestos de un sistema mundial opresor, al que adscriben,
desde ese lugar de poder que pretende convertirnos en masa aplaudiente.
Por respeto a los muertos,
solicito que no pongas me gusta. Podés compartir el post si querés, sin mencionar
mi nombre, y si llegaste hasta acá, te agradezco el haberme leído.
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