2/8/20

Lo que hay

No soy alguien de nombre, sino una simple mujer argentina que mientras escribe estas palabras se toma unos mates y se fuma un cigarro. No hay nadie de nombre que pueda respaldarme, salvo una marea gigante de personas anónimas que podrían reconocer en mi relato parte de una verdad -no toda, porque nadie la tiene- silenciada en los medios. En este relato, como en ninguno de los que escribo, no espero que haya consenso si no también disenso, que es la esencia de la libertad. Especialmente cuando se ventilan asuntos incómodos para la mayoría excluida. 

No soy macrista. No soy kircherista. No soy peronista. Soy anarquista. 

Desde esta posición de observadora de la realidad escribo, que es el lugar del que nunca voy a moverme, porque a mi edad la gente ya ha tomado una postura ética (a menos que se venda por intereses, algo que ocurre mucho tanto en Argentina como en cualquier otro país). Pero yo no tengo motivos para venderme ya que como he dicho antes no hay nadie de nombre que me respalde, salvo aquellos que no tienen voz, que son silenciados por los medios, por los poderes vigentes e incluso por su propio grupo de pertenencia. Cuando alguien calla, generalmente es por un motivo, y no porque no ocurran cosas que le molesten. Además, heredamos por tradición una sentencia antigua que aún hoy se repite: “Tené cuidado”.

Tené cuidado rubrica la existencia de un estado de las cosas, que se respira al primer soplo de aire del que vive en el país. El tené cuidado es parte de una idiosincrasia que valida la condición represiva de nuestra patria colonizada. El tené cuidado se usa siempre para protegerse del otro, que se vive como amenaza, y al que por pensar diferente se puede humillar, infantilizar y despreciar, esgrimiendo su falta de inteligencia como etiqueta determinadora. El de la falta de inteligencia no es un argumento válido si no ofensivo y profundamente subjetivo, porque todas las ideas son legítimas, y la libertad consiste en que sean expresadas sin censura. Pero esto es algo que nos cuesta mucho a los argentinos. Nos cuesta, aunque en lo superficial nos defendamos diciendo que por supuesto tenés derecho a pensar como quieras, y tras la afirmación -a todas luces falsa- se proceda a marginar a la persona molesta. Esto reproduce pensamiento de consenso, el cual es aplaudido por el grupo, que automáticamente hace ingresar a sus filas del relato oficial (sea de izquierda o derecha, eso no cuenta porque ya sabemos que las dos están monitoreadas por el capital) a la persona-consenso dentro de un semi paraíso de consensos que aplauden y protegen. Ya estás en el partido, aunque no lo confieses. Ya podés escuchar a los disidentes, aunque en tu fuero íntimo disientas con él sin decírselo, porque pobrecito, tiene un problema. Y así se va reproduciendo silencio, y por ende, hipocresía social.

Como ya he aclarado soy una observadora, no socióloga. Pero mi manera de ver el mundo, y mi país, tiene tanta validez como cualquier otra. Y me defino como disidente. Disidente de cualquier partido, sobre todo hoy. Hace mucho tiempo que dejé de creer en ese bastión al que llaman democracia, porque he visto cómo funciona y también su disfuncionalidad. La vivo a diario desde los fondos de un barrio popular que espera. Desde el extrarradio, al que llamo el conurbano marplatense, un barrio donde hay un alto porcentaje de calles sin asfaltar, sin luminarias y abandonado a la mano de Dios (para quien crea en él) y del estado general de las cosas. Un barrio abandonado gobierno tras gobierno, que no tiene plaza, que carece de semáforos para cruzar la avenida, que suma en su interior grandes bolsones de pobreza totalmente invisibilizados por el resto de la ciudad. Antes de llegar al barrio, yo no sabía que existía. La gente del centro intuye que algo habrá pasando la avenida X, aunque lo perciban  difuso. Por lo tanto, y debido al abandono acumulativo por décadas, la gente del barrio se ha vuelto muy territorial. Esto es comprensible, porque si nadie te ve, hay que unirse para que nosotros mismos nos veamos. Nuestro barrio tiene sociedad de fomento, pero su función es nula.

Durante la pandemia, la gente se ha visto obligada a acudir a los servicios sociales y al auxilio de redes barriales para sobrevivir al desastre económico que está ocasionando el confinamiento. Es un tema complejo, porque si bien en Europa la idea era reducir ancianos, acá la situación hace sospechar la probabilidad de que quizá se pretenda reducir pobres.

Lo que sucede en mi barrio en pequeña escala, se hace extensivo a lo que ocurre en los sectores más vulnerables del AMBA (la Buenos Aires aislada por el virus) y en muchas provincias de las que apenas se tienen noticias, porque la prensa en Argentina es regional y se manifiesta sesgada (y obviamente manipulada, esto es mundial, como ya sabemos). Ya la provincia del Chaco viene denunciando falta de insumos para tratar el virus. Por supuesto, lo que llamamos “clase media” apenas lo percibe, o lo percibe como una realidad casi tan ajena como la que podría ocurrir en otro país.

Desde luego no estoy hablando de la gente comprometida y solidaria, si no del simple ciudadano de clase media y derechoso, que se enorgullece al ventilar el prejuicio nacional más tristemente falto de empatía: Yo laburé para ganarme lo que tengo, que agarren la pala y vayan a laburar. Este sector de la sociedad puede enorgullecerse de ciertos logros materiales, producto de legítimos años de esfuerzo -en algunas ocasiones- y en otras, de la explotación sistemática de los sectores populares (gente de la economía sumergida, economía informal, empleadas domésticas, buscavidas y oficios varios). Dos siglos de marginación e invisibilización de los sectores sociales que no lograron ingresar a lo que llamamos “civilización” -la Argentina como constructo, la octava nación más grande del mundo, cuna de intelectuales y gente lúcida de piel blanca y de ascendencia europea, la descendiente criolla del pirata original- no tienen la piel blanca si no mestiza. Jamás se les dio una oportunidad a propósito de su piel y su evidente genoma originario. A muchos, el país blanco los domesticó hasta el punto de negar su origen (mi abuela tenía sangre tehuelche, pero no permitía a sus hijas siquiera mencionarlo, y mi madre, pobrecita, no me dejaba hablar de ello en voz alta, algo contra lo que siempre me revolví con rebeldía). Es muy pero muy difícil crecer en una familia donde se niega el linaje.

Por supuesto, esto a grandes rasgos ya que muchas son las familias de origen mestizo que han  progresado de la formas más diversas. Pero hay un amplio sector que no, y esgrimir razones de vagancia no es sólo injusto si no reduccionista, y de una ignorancia que nunca dejará de producirme tristeza e impotencia.

A esta clase quiero referirme hoy después de tanto introito, y es a propósito del virus. Y aunque el post podría hacerse extensivo a clases más pudientes, hay una idea que anda circulando y que visibiliza lo que se ha naturalizado por generaciones: es normal que en condiciones desfavorables, como un virus, catástrofe, guerra o desastre natural, los primeros que vayan a morir sean los pobres. Ésta es la pobreza real, la de los grandes bolsones, la que vemos en la tele, la que miramos de soslayo, con miedo e incluso con vergüenza, porque nos hemos asegurado de que ni siquiera nos roce, aquella a la que siempre hemos saludado con el codo, mucho antes de que el virus nos alcanzara a todos. La pobreza que no puede acceder a una prepaga, y por ende a medicamentos, la que acude a la Defensoría del pueblo a denunciar abusos que nunca o muy pocas veces llegan a escucharse, gobierne quien gobierne, la que acaban discapacitando “por cuestiones sociales”, porque sabemos que por H o por B no reúne las características para ingresar a la rueda de producción. La pobreza silenciada, anómica, informe, masificada, desnaturalizada, innombrada e incluso sin DNI, de las villas, los manicomios, las cárceles y los que deambulan por calles desiertas en pleno invierno, desabrigados y con viento en contra. Esa pobreza no tiene quién la represente, y cuando tenga que optar -porque elegir no puede-hará lo que tenga que hacer. Ésta es la pobreza del otro país, la que en el extranjero no se conoce, porque Argentina, cuna civilizatoria de América Latina, la del mito, no tiene pobres. Y claro que no es verdad, pero muchos prefieren creer que sí, y al empeñarse tan fuertemente en creerlo, anulan una verdad contundente: tenemos que convivirla y está en nuestro país, es parte de nuestro país.

Y ellos son los primeros que van a morir. Somos los que vamos a morir, por supuesto. Como todos, pero antes. Ojo, no quiero que se me confunda: por supuesto que el primero en riesgo es el personal sanitario, pero ellos, al menos, se visibilizan. El mundo entero los ha convertido en héroes de la transitoriedad. Sin embargo, vemos que todas las demás enfermedades han quedado reducidas a nada para concederle importancia suprema al virus estrella. Somos cada vez más los que denunciamos, a bocajarro, que se está utilizando el virus como arma biológica -da igual su origen- para terminar con los más débiles. Y los más débiles son los ancianos, los pobres y los discapacitados. Los que producen están a salvo, esto es obvio, porque el sistema necesita reproducir capital. Pero los otros, los invisibles, pueden morir silenciosamente en casa, porque ya es un secreto a voces que en Argentina no hay insumos en los hospitales -hasta hace poco el Hospital Interzonal de la ciudad pedía donaciones para comprar alcohol en gel-, ni suficiente cantidad de respiradores, ni nada que se parezca un poco a los insumos que los países desarrollados acabaron por agotar en poco tiempo, debido a los miles de muertos. Aquí, con algo más de 3000 muertos, el sistema sanitario está colapsado (dicen). Pero lo creo, porque ya lo estaba antes de que el virus llegara. Colapsó porque el sistema de salud pública, ya de por sí débil, fue vaciado deliberadamente antes de la actual administración. De acuerdo, hacen lo que pueden (parece), el tema es que lo que pueden no alcanza. Debido a esto, se nos confina durante más de cuatro meses, con las consecuencias que cualquier persona aguda -esto es, con perspectiva más o menos crítica- llega a percibir: que lo que está llegando, junto con el virus, va a ser mucho peor que el virus. La miseria ya está en la puerta, esperando. Todavía no ha estallado, si no que se mantiene aguardando en silencio, en la soledad pavorosa de los que callan bajo el “tapabocas”. La definición misma del complemento para la prevención del virus ya es de una violencia simbólica abrumadora: Tapabocas. Tapate la boca y callate.

Los que NO estamos dispuestos a aplaudir todas las decisiones que se toman no es por contreras, es por desesperación e impotencia. Los habrá trolls, también, pero de esos no voy a ocuparme en este post. Acá no sólo van a sufrir, como es perfectamente esperable, los familiares de las víctimas. La masa silenciada será la que aparezca, cual fantasma que de pronto se haga cuerpo social, cuando todo esto termine (si es que termina). Y no lo hará por haber padecido el virus, si no por estar padeciendo YA enfermedades y miserias de todo tipo, especialmente las psicológicas, y por supuesto las otras que no están siendo tratadas por causa del virus. Más abajo subí la denuncia de una chica que narra lo que le está sucediendo a su sobrino con cáncer, y nadie lo compartió ni le puso un me gusta. Porque las quejas legítimas, hoy, son políticamente incorrectas, y cuando no se las archiva a un cajón, se las identifica automáticamente con una ideología política. Así que mejor callarse, ignorar, hacer de cuenta que no pasa, porque el miedo aprieta. El miedo a ser denostados por nuestros semejantes, por nuestras familias, por los amigos y colegas, por el partido, por lo que sea. Es evidente que el miedo es unidireccional. Se vuelve hacia sí mismo como una tortuga que se esconde en su caparazón. El miedo, cuando se vuelve paranoia, inhibe todo razonamiento y reflexión crítica. El miedo a la muerte es el más antiguo, y si el origen de tal surge de un virus, se vuelve acusatorio.

 Al margen de los afectados por el virus, no debe ser casual que los más atemorizados sean personas que gozan de ciertos privilegios (esto, lo sé, puede ser muy discutible, pero consideren que hablo desde mi experiencia en contacto con la clase menos favorecida). Algunos sugieren actividades distractivas de todo tipo: el caso es cuando hay hambre, difícil que alguien tenga ganas de distraerse. Difícil distraerse cuando los pibes piden comida. O cuando el pibe-estómago aprieta. Muy difícil, diría que imposible. Difícil para las personas que en estos momentos están poniendo denuncias en la Defensoría porque nadie las atiende, porque nadie las escucha, porque están desesperadas, porque se sienten impotentes, porque alguien que las oyó toser en un hospital dedujo que seguramente tiene covid 19 y debe ser aislado (sólo por toser), porque si acude a un hospital con síntomas ajenos al covid 19 puede no salir del hospital, porque hay madres que están siendo separadas de sus niños por sospecha de covid. Ojo, he dicho sospecha, ya se sabe que mucha gente no está accediendo al hisopado porque también se está haciendo negocio con esto y no todo el mundo puede pagarse uno. La pobreza naturalizada recibe como respuesta robot, producto del adiestramiento, que no habrá hisopado para ellos. Ya está sucediendo, aunque no se diga. Porque estas cosas no se dicen, sólo se difunden a hurtadillas y en voz baja.

  Pues yo lo digo en voz alta.

  Así que quedate en casa. Quedate en casa sí, y ni se te ocurra ir a un hospital. Y si estás enfermo tampoco vayas, porque te dirán -por ejemplo-, que las resonancias magnéticas están suspendidas debido al covid, y cuando les preguntes si esto se debe a que no tenés obra social, el médico no te responderá, se refugiará detrás de su barbijo -tapabocas- y su pantalla, y e dirá fríamente  que será llamada en breve para hacerte una radiografía que nunca llegará. Porque no tenés covid, y no es importante. Si no es una urgencia, no es importante. El protocolo médico de la prevención de enfermedades y los controles de salud anuales, que antes se hacían, están suspendidos por causa del covid. La vida está suspendida más allá del covid. La tarjeta alimentaria está suspendida debido al covid. Y los pobres, en su sabiduría infinita producto de la experiencia en lo más oscuro del túnel social, saben que ante una realidad tan atípica como ésta, nadie o muy pocos (por muy pocos entiéndase ciertas organizaciones barriales) se harán cargo en caso de que sufran. Por eso el silencio y el escepticismo. Por eso la tristeza, las depresiones que no se mencionan, y los posibles casos de suicidio que se están silenciando (aunque el suicidio siempre se silencia, no olvidemos que la causa del mismo suele tener un origen coyuntural y la culpa social barre al suicida bajo la alfombra, incluso por generaciones dentro de la familia, haciéndose extensivo a la comunidad). Lo que se nos viene, y está silenciado, va a ser enorme. Los que no estén preparados que lo vayan haciendo porque esta vez sí que no van a alcanzar los coditos: salpicará a todo el mundo, ya lo está haciendo por mucho que pretendan mirar de soslayo.

  Pero hay un sector del que no he hablado aún, y es aquel que funciona dentro del marco legal de la institución. Son los funcionarios del sistema, los profesionales de todas las áreas. No hablo sólo de los médicos, si no de todas las profesiones que por su naturaleza encajan dentro del sistema, y trabajan para éste. Algunos estatales sufren los estragos del desastre, es verdad. Sin embargo, muchos están atrapados ideológicamente, cuando no en el conflicto personal y humano de cómo tratar los casos que les llegan, o las dos cosas a la vez. No existe en Argentina un movimiento de médicos por la verdad -muy criticado, por cierto- ya que en su mayoría adhieren al relato oficial. Tenemos una médica cuestionadora que lamentablemente adscribe a la derecha más rancia, con lo cual no cuenta con demasiado quorum. Hay que saltarse el corral de la ideología bipartidaria para interpelarse, y esto no es fácil en Argentina. Aún no (y tal como está el patio lo encuentro difícil de aquí a un buen tiempo). Hemos caído en la trampa de creer que todo aquel que no desea usar el barbijo al aire libre es un tonto de derecha y aquel que sí un ciudadano ejemplar de izquierda. Por primera vez en la historia, pareciera que la derecha y la izquierda convivieran armoniosamente, y se disolvieran en la negación misma de las subjetividades, dejando muy en evidencia la corrupción de ambas. La negativa de Trump a las vacunas y al barbijo no ayuda mucho a que se respeten las subjetividades y el libre pensamiento. Si un fascista dice que usar barbijo es malo, entonces todos los que cuestionan su uso al aire libre -hay gente que incluso maneja el coche con el barbijo puesto- son fascistas. O ignorantes. O malos ciudadanos. O conspiracionistas. Quedan, por tanto, atrapados en la telaraña de la persona contagiante.   

 Pero también han surgido médicos y epidemiólogos que cuestionan tanto el uso del barbijo al aire libre como otros asuntos relativos al covid. Todos son silenciados -lo cual a muchos nos resulta más que sospechoso, ya que la censura nunca trae cosas buenas- y si aparecen en prensa automáticamente se los tacha de charlatanes, y se los reduce, por supuesto, al prejuicio de la derecha extrema. La humanidad lee el mundo según un virus custodiado por la izquierda planetaria; sin embargo, el virus no discrimina y se lleva a cualquiera. Si es que todos los que mueren tenían covid, que tampoco lo sabemos, pero guay si te atrevés a preguntártelo, porque te tacharán de conspiracionista, de loca o de ciudadana irresponsable. Las dudas se susurran entre amigos, manteniendo las debidas distancias, y confío en que algún día, no tan lejano (espero) pueda saberse la verdad. Mientras tanto la gente silenciada, los anónimos de la desesperación y la basura en las cunetas, siguen esperando. Y cuando no dan más, se vuelven escépticos o se paran frente a una ventanilla donde no saben qué hacer con ellos, o publican una denuncia como la de la tía de Rami, o directamente se resignan. Porque ese otro país que tan a menudo no se ve, existe, y surgirá como un gigante roto cuando se rompan las amarras.

La otra mañana fui a la farmacia a comprar un termómetro. Hacía mucho frío. Una mujer pobre limpiaba las tres puertas acristaladas, prácticamente sin abrigo, creo que llevaba un pullover y un saquito. La cabeza cubierta con un pañuelo, como las personas que reciben quimio y cubren su calvicie así. Grandes ojeras y una tristeza de pozo ciego en su mirada, que es todo lo que pude verle a través del barbijo. “¿No tenés frío?”, le pregunté. Y ella, sonriendo, me dijo que sí. Me explicó que no se abrigaba porque la campera le impide extender los brazos y limpiar con comodidad. Pensé en la gripe de toda la vida, en la neumonía, y por supuesto, como no podía ser de otra manera, en el covid. “Me ahogo con esto puesto”, llegó a susurrar con cierta rabia, bajándose un poco el barbijo. Estábamos a más de dos metros de distancia, y se me ocurrió decirle que al aire no necesita llevarlo. Me miró asombradísima. Me congelé un buen rato afuera, esperando a que saliera el cliente que estaban atendiendo. Cuando por fin logré entrar pedí un termómetro, y la farmacéutica, mampara acristalada de por medio y barbijo, me comentó que los termómetros con mercurio ya no existen, que están prohibidos (¿será verdad que las vacunas salvadoras contienen mercurio?) así que tuve que comprarme uno electrónico: 500$. Lo sacó del estuche para probarlo, e incluso insistió para que me tomara la temperatura delante de ella. Por supuesto, no accedí. Y si no lo hice fue porque me resultó extraño que estuviera tan interesada en saber mi temperatura. Bueno, en realidad no tanto: ella representa, por su profesión, el que hoy es, posiblemente, el negocio más rentable del mundo. Los pobres también lo son, recordemos que en 2010 las vacunas que costaban 50 U$A pasaron a costar 0,40 centavos para África.

Y aquí, con un montón de interrogantes en puerta doy por finalizado este post. Me hago cargo de todo lo que escribo, es mi opinión y como tal la expreso. Porque todavía creo en la libertad de pensamiento y también en la objeción de conciencia. Reconozco que me quedo corta, muy corta. Hablo desde el fondo, y no desde el lugar que ocupan los que contemplan desde la boca del pozo, intentando tantas veces adaptarnos y gestionando individualismo tal como lo desea el capital (“no molestes, la responsabilidad debe ser tuya que estás fallando en algo para estar como estás”), tan convencidos ellos de que así seremos más felices, y y sin tener la más pálida idea de lo que sí nos haría felices: la valoración de nuestra subjetividad, sin presupuestos de un sistema mundial opresor, al que adscriben, desde ese lugar de poder que pretende convertirnos en masa aplaudiente. 

Por respeto a los muertos, solicito que no pongas me gusta. Podés compartir el post si querés, sin mencionar mi nombre, y si llegaste hasta acá, te agradezco el haberme leído.    


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