(escrito en abril/2020)
Hoy fui al centro a comprar un medicamento, porque en la farmacia de mi barrio no funcionaba el aparato para pasar las tarjetas. Aclaro: vivo en un barrio popular del conurbano marplatense, zona Oeste. Sí sí: acá donde queman neumáticos, y bastante más al fondo, queman la goma de los cables para poder quedarse con el cobre y revenderlo. A dos cuadras del nuevo aguantadero de autos secuestrados, que hasta hace 5 años iba a ser la nueva municipalidad. Por supuesto, el aire está contaminado. Y también el suelo y por ende el aire, debido a las emisiones de lo que sea que sueltan los autos abandonados durante meses y años en una zona donde hay familias. Por supuesto, no es lugar que inspire poemas románticos y que motive a la clase media marplatense. La contaminación a cielo abierto no es un asunto que le interese a los gobiernos. Desde el momento en que seguimos con la idea de explotar los yacimientos, violentando la tierra sea con lo que sea, más sano o natural o más a lo bestia, va a ser difícil que algún gobierno argentino se preocupe por la manera en que se contamina el aire de algunos barrios, y por ende, de toda la ciudad. No he visto que “las fuerzas del orden” pongas multas o golpeen puertas para que algún vecino irresponsable deje de contaminar el aire: simplemente se hace. Es parte de nuestra idiosincrasia.
Seguimos.
Al subir al bondi -con
barbijo, como corresponde- mi mano rozó la máquina receptora de tarjetas. Luego
me agarré del pasamanos y me senté en un lugar que ya había sido ocupado por
otros cientos de personas antes que yo. Como nadie me garantiza que el bondi
haya sido lavado y desinfectado, lo más probable es que se me haya pegado algún
covid, de esos que están esperando el primer desliz para entrar en mi ADN ( al
mío y al de todos los humanos que suben a los bondis, desobedeciendo el mandato
#quedateencasa). Al bajar del bondi me dirigí al banco, donde la gente hacía
cola manteniendo las debidas distancias, y con barbijo. Alguien me preguntó si
podía entrar con su pareja y yo le dije “Sí”. No vi policías. Saqué dinero, y
probablemente mi mano haya vuelto a contaminarse con más covid -o no, como no
tengo reactivos no lo puedo confirmar-. Ese dinero ingresó a mi billetera, que
está contaminada desde hace por lo menos 2 meses, ya que no se pueden lavar los
billetes y las monedas tampoco. Luego fui a una farmacia, donde vi que ningún
empleado usaba barbijo y el guarda de seguridad lo llevaba bajado. Compré 4
blister del medicamento que uso, todos contaminados por la mano de 3
vendedores. Salí y fui al supermercado, donde los pocos alimentos que compré
-verduras- podrían estar contaminadas con el virus. Vuelve a circular dinero
por mi mano y por el de la cajera. Regreso a la parada del bondi y me subo a
uno, donde vuelvo a repetir la operación mencionada al principio. Debo destacar
que subió un muchacho sin barbijo, pero como es amigo del chofer nadie le
exigió que se lo pusiera.
Cuando llego a mi casa me
lavo las manos convenientemente, durante 2 ó 3 minutos, manteniendo las debidas
distancias con la ropa que llevo puesta. Desde hace años, lo primero que hago
al llegar es quitarme los zapatos, como los chinos (por casa ando descalza). Me
saco el pantalón potencialmente infectado, la campera y todo va al cesto de la
ropa sucia, salvo la campera. No sé cómo voy a lavar todo porque se me rompió
el lavarropas, pero eso es un tema menor y no cuenta. Sigamos. Saco la comida
de la bolsa y ¡horror! Ya me he contaminado de nuevo. Infección, reinfección.
Como mañana voy a ir al mercado nuevamente, lo más probable es que al abrir la
billetera vuelva a infectarme. Y así hasta el fin. Nos estamos infectando todo
el tiempo de este virus asesino, desde hace por lo menos dos meses. En lo
personal, tengo un sistema inmune maravilloso, tomando en cuenta mi coyuntura.
Soy paciente de riesgo, porque tengo asma y ya tuve 2 neumonías (una a los 11
años y otra hace cinco) sin embargo vivo saliendo -con barbijo y manteniendo
las debidas distancias- para cubrir mis necesidades básicas, que incluyen mi
medicación y tener dinero en efectivo para adquirir lo mínimo indispensable. De
momento, y que yo sepa, no tengo el virus. Tampoco puedo darme el lujo de
sentir miedo, porque si me lo permitiera, no saldría de casa y directamente
estaría muerta, no por el virus, si no por la falta de alimentos, que
afortunadamente puedo comprar.
Y acá llegamos a la parte
que dejaré librada a vuestra imaginación, y que es la pregunta del millón: ¿qué
haremos cuando se acabe la cuarentena? Tal vez lleguemos a saber cuántos
afectados hubo realmente en Argentina -no porque nos lo cuente internet o la
prensa, si no porque lo veremos-, aunque lo más visible va a ser la cantidad de
pymes que cerraron, y cuántos son los afectados por el hambre, la miseria y la
depresión que dejarán no tanto el virus como la cuarentena. Porque tengo el
pálpito de que el número de todo eso superará con creces, y ampliamente, tanto
los muertos como los infectados por el virus que nos prohíbe tocarnos y
compartir cercanía. No quisiera estar en los zapatos del presidente, y a veces
me aventuro a pensar que quizá no quiera ni imaginarse lo que se le viene. Si
yo estuviera en su lugar tal vez preferiría no terminar con ella nunca, porque
lo que está silenciado será gritado, no sé si en cacerolazos ridículos, si no
por causas mucho más fundadas. Y hay otra cosa que me ronda la cabeza, y es el
hecho de por qué empezamos a encontrar tan natural esto de comunicarnos por
videochat, a través de una pantalla que sólo nos permite vernos las caras. Una
pantalla que emite rayos invisibles. Una pantalla que sólo mantiene vínculos,
la mar de las veces muy débiles. Porque el quédate en casa nos mantiene lejos
unos de otros, con una franca sensación de seguridad que es ilusoria, ya que
somos mucho más que unas caras que sólo pueden verse a través de una pantalla.
Mientras el virus avanza, las empresas de información ganan millones, y las
otras, que no quieren perder un mango, al menos en Argentina, ya han comenzado
su campaña de hiperinflación silenciosa, protestada por una parte y silenciada
por la otra por causas políticas.
Mientras tanto, la gente
de a pie como yo y como vos que me estás leyendo, si llegaste hasta acá,
seguimos pensando en cómo vamos a comer mañana, y si habrá que seguir
reduciendo gastos en productos elementales para continuar vivos, porque NADIE
se está preocupando en frenar los abusos. Pandemia por venir, de la que no se
tiene registros -de momento- que vaya a ser tratada como un virus. Manteniendo
las debidas distancias, nos dirán que todo está bien, y nos contarán una vez
más los porcentajes de crecimiento, mientras el pueblo sigue pasando hambre y
necesidades BÁSICAS.
¿Se dan cuenta por qué
algunas no nos podemos permitir el lujo de escribir #quedateencasa y mantener
las debidas distancias?
¿Se dan cuenta por qué algunas no podemos permitirnos el lujo de tener miedo?
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